Bienvenido/a a la Fundación Cristina Enea

Cristina Enea comenzó a ser una realidad en la segunda mitad del siglo XIX en un momento importante para la ciudad, pues en esta época se llevó acabo la demolición de sus murallas, participando D. Fermín activamente en el movimiento ciudadano que gestionó los permisos necesarios para acometerlo. Una vez liberada de sus murallas, la ciudad se extenderá rápidamente por los terrenos arenosos ocupados en parte por las fortificaciones, pasando de 15.000 habitantes en 1860 a 79.000 en 1930. Por estas fechas llega también el ferrocarril a Donostia-San Sebastián, disponiendo sus instalaciones muy cerca de la que será residencia donostiarra del Duque. El río no estaba canalizado, de forma que la mayor parte de la superficie que hoy ocupa el ensanche de Cortázar, y los barrios de Gros y Amara eran arenales o marisma, inundadas, en parte, periódicamente por el mar.
Ya en el siglo XVIII, se asentaba en la parte de la colina más alejada de la ciudad la finca Mundaiz, propiedad de la familia Olazabal, dotada de un palacio y de jardines; el resto lo ocupaban una serie de caseríos y huertas que D. Fermín comenzó a comprar a partir de 1863 con la intención de construir en ella su casa y un gran jardín. Entre estas fincas se encontraban nombres como Micaelene, Chicoene, Manuene, Manuelenea, Egañategui, Toledochiqui, Leriñene y Torres; también adquirió terrenos a la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España.
Sobre los trabajos que en Cristina Enea se realizaron durante estos primeros años quedan como testigos las cuentas de la finca, celosamente guardadas en el archivo del Duque, actualmente custodiado en el tolosano Archivo General de Gipuzkoa. En ellas se detallan a los largos de centenares de hojas, día por día, las personas que trabajaron en la misma, los salarios que recibieron y los trabajos que realizaron.
Cuando el parque fue entregado a la ciudad, contaba con una extensión de 78.979 m2, de los que 993 m2 eran superficie edificada (palacio, capilla, cocinas, portería y dos casas más). Los últimos terrenos en ser agregados al parque fueron una pequeña parcela de 734 m2, sobre la que están enclavadas la capilla y las antiguas cocinas.
Actualmente, el parque cuenta con una superficie de 94.960 m2 de los cuales 16.660 m2 son viales, 1.300 m2 edificios o ruinas y 780 m2 el estanque.
La distribución actual del palacio, que data de 1890, se debe a José de Osinalde. Consta de planta baja y dos pisos, el último parcialmente abuhardillado donde se ubica el Departamento de Medio Ambiente y Agenda 21 del Ayuntamiento Donostia-San Sebastián. La planta baja acoge a la Fundación Cristina Enea. Por la entrada principal del mismo, siempre vigilada por el busto que el Duque tiene dedicado justo enfrente de la misma, se accede a la recepción de la que parte una gran escalera de madera que sirve de acceso a los pisos superiores. En el segundo piso se ubica el antiguo despacho del Duque de Mandas y dos salas de exposiciones. Por último, el edificio dispone de una galería con exposiciones itinerantes que une el edificio principal con una sala de formación ubicada en la antigua capilla, y un lugar para el descanso de los visitantes.
Durante algunos años, el palacio fue utilizado como residencia por el Nuncio de su Santidad en sus visitas a Donostia-San Sebastián. El jardín fue diseñado por Pierre Ducasse.
El Duque dispuso en su testamento una serie de condiciones relacionadas con Cristina Enea; unas destinadas a que el usufructo de la finca permaneciera durante algún tiempo en manos de su familia, y otras que restringían su futuro.
La primera beneficiaria del usufructo de la casa de campo sería –en homenaje a la duquesa-, su cuñada Inés Brunetti. A su fallecimiento, Cristina Enea pasaría a ser usufructuada por su hermano político José Brunetti, duque de Arcos y su mujer Virginia Lowery y, por último, muertos éstos, por su sobrina Berenguela Collado y del Alcázar, Marquesa del Riscal y de la Laguna, a cuyo fallecimiento debía cesar el usufructo, convirtiéndose en propietario con pleno dominio el Ayuntamiento de San Sebastián, con la condición de que se cumplieran una serie de estipulaciones.
En 1925, muerta Inés Brunetti, el resto de los usufructuarios contemplados en el testamento del Duque –a los que se obligaba a residir varios meses en Cristina Enea- manifestaron su voluntad de ceder sus derechos sobre la finca al Ayuntamiento, que aceptó gustosamente tal cesión, firmándose la misma el día 6 de Julio de 1926.
Las condiciones a que se comprometía el Ayuntamiento al aceptar el legado de Cristina Enea fueron las siguientes: conservar el nombre de Cristina Enea; sirviendo exclusivamente como paseo y respetar la prohibición de “que se juegue en el parque ni en las casas a juego alguno, sea la pelota, el fútbol, las quillas, la barra, sea la inmunda ruleta, a los caballitos, sea el clásico tresillo… Prohibo se baile, solo permito que tres veces al año, en primavera una vez, la segunda vez en verano, la tercera en otoño, toquen la banda municipal y la militar o cante el Orfeón… Siempre ha de quedar cerrado Cristina Enea al anochecer. No se tolerarán almuerzos, comidas ni de cosa alguna, ni siquiera de agua fresca. Cristina Enea muerto yo, ha de conservar el carácter que hoy tiene, sin más novedad al cesar los usufructos que la de entrar el público a pasear”.
Prohibía el Duque igualmente la venta, permuta o hipoteca del terreno o de los edificios, que solo se podrían reconstruir en caso de ruina, no permitiendo la construcción de nuevas edificaciones, ni aún con carácter provisional. Las viviendas del parque no podrían estar habitadas por persona alguna que no fuera trabajador al servicio de la finca. Solo fija dos excepciones: que la casa principal –que se lega con todo su contenido, y con la prohibición de realizar cualquier cambio en su interior- pueda acoger durante unas semanas a un jefe de estado o príncipe que llegue a Donostia-San Sebastián para visitar a la familia real, o bien servir de residencia al Obispo de la diócesis en su visita a la ciudad.
Con objeto de que el jardín permaneciese en su estado originario, el Duque prohibía también la modificación de su trazado así como la tala de árboles y arbustos, a menos que las mismas fueran consultadas previamente a los Ingenieros de Montes del Estado de Gipuzkoa y Bizkaia.
El retrato de la duquesa, su mujer, tendría que ser trasladado desde su casa de Madrid para ser colocado en un lugar preferente en su “casa de campo”. Para el mantenimiento del parque legó además la cantidad de 18.000 pesetas anuales.
Durante varias décadas el parque sufrió un progresivo abandono y los árboles centenarios procedentes del primitivo parque, muchos de ellos de gran tamaño y belleza, fueron rodeados por otros especímenes de escaso valor nacidos de los ejemplares antiguos más invasores, compitiendo con aquellos por la luz y el espacio, además de ocupar poco a poco áreas destinadas en el parque originario a vegetación herbácea.
Los arbustos que conformaban los setos del jardín crecieron desordenadamente, alcanzando varios metros de altura, y fueron invadiendo poco a poco el parque. El laurel fue la especie más extendida, a causa de su rápido crecimiento, de su facilidad de rebrotar de la cepa y al elevado poder germinativo de sus semillas. Algunos caminos desaparecieron, y el parque se convirtió en un lugar frío y sombrío que no invitaba al paseo… de forma que lo que fue creado como un jardín que el Duque quiso que se conservara en el tiempo para disfrute de los donostiarras, se convirtió en un parque degenerado con apariencia boscosa.
En el año 1991 se procedió a la retirada de un grupo de ciervos que dañaban la vegetación de la zona en la que estaban recluidos, al aclareo de arbustos asilvestrados (fundamentalmente laurel), y a la plantación de arbustos de diferentes especies, persiguiendo con ello la obtención de una cubierta vegetal diversificada, la conservación del suelo y la creación de macizos estéticamente atractivos.
A ello es preciso unir la renovación y plantación de céspedes y especies arbóreas, labores de mantenimiento como la retirada de árboles secos y tocones, rehabilitación del estanque y la apertura de la entrada en el Paseo de Mundaiz, que acercó el parque a los vecinos de Amara y que permitió que el cambio que intercomunicaba ambas entradas fuese utilizable como agradable camino por los estudiantes que se dirigen hacia los centros de enseñanza enclavados en Mundaiz.
Actualmente, Cristina Enea es un parque público, en un lugar clave. Se ha convertido en el eje de importantes equipamientos y de futuros desarrollos urbanísticos y culturales: el barrio de Riberas de Loiola, con la Estación Intermodal de Autobuses y Renfe, el Centro Cultural de Tabacalera, Atotxa, el Palacio de Justicia, la Escuela de Música, las piscinas de Zuhaizti y el Centro de Recursos Medioambientales ubicado en el recientemente rehabilitado Palacio del Duque de Mandas y capilla de Cristina Enea.
Cuenta con una gran centralidad: el parque facilita la comunicación de Riberas de Loiola y Amara, con Egia, Gros y el Centro, gracias a los accesos peatonales para abrir Cristina Enea a la ciudad por Tabacalera, Mundaiz, Riberas de Loyola y el paseo de Urumea.
Para llevar a cabo la rehabilitación y ampliación del parque se presentaron 65 equipos de arquitectos-paisajistas de todo el mundo, de los que se eligieron 5 para que presentasen sus proyectos. Estos 5 proyectos fueron expuestos en el Museo de San Telmo para que todos los ciudadanos pudiesen verlos. Finalmente, el proyecto que se eligió fue el presentado por la Agencia Ter de Alemania.
Fermín de Lasala y Collado (), duque consorte de Mandas y de Villanueva, nace en Donostia-San Sebastián en el seno de una familia acomodada. Su padre, D. Fermín de Lasala y Urbieta (), fue Alcalde de la ciudad, Diputado Foral, Presidente de la Diputación (1844) y Diputado a Cortes entre 1846 y 1853, además de Secretario Honorario del Rey (1847) y Consiliario del Banco Español de San Fernando (). No es de extrañar que la vida social y los contactos políticos de su padre le permitiesen entablar relación con las personas más relevantes del país, entrando muy joven de lleno en la vida pública. Fue también un hombre de elevada cultura, versado especialmente en Historia, como lo prueba la publicación de dos libros: Vicisitudes de la Monarquía Constitucional en Francia (1877) y Última etapa de la Unidad Nacional: los fueros vascongados en 1876 (1924), y su elección en 1881 como individuo de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, en la que participó activamente.
Don Fermín inició su vida política afiliándose al Partido Progresista, donde dio una nota de “moderación” en los días de la Revolución de 1854. Ingresó en la Unión liberal, formación política bajo la que representó a Gipuzkoa entre 1857 y 1864, ejerciendo también como representante de San Sebastián en las Juntas Generales de Deba en 1857 y como Diputado General de Gipuzkoa en 1862 y 1863. Su militancia en la mencionada formación política se prolongó hasta la caída de Isabel II en 1868, cuando las desafortunadas actuaciones de la Reina y de los moderados despertaron la oposición de progresistas, unionistas y demócratas, que se materializó en la revolución antidinástica conocida como “la Gloriosa”.
Cuando se procedió a votar la designación de Amadeo de Saboya (Amadeo I) como Rey de España, Fermín de Lasala lo hizo negativamente, lo que no fue obstáculo para que, una vez proclamado Rey, le reconociese como tal. En 1870 Isabel II abdica en su primogénito Alfonso (XII), ocupando D. Fermín al año siguiente un escaño en el Senado.
En 1873 Amadeo I renuncia al trono. Ante esta situación, reunida la Asamblea conjunta de Congreso y Senado (en la que lógicamente participó D. Fermín) fue proclamada la I República (), uniéndose el señor Lasala a los partidarios del futuro Rey Alfonso XII (Alfonsinos) dirigidos por Antonio Cánovas del Castillo, con quien desde entonces le unió una estrecha amistad.
Para complicar el panorama, por estos años () tiene lugar la tercera y última Guerra Carlista en la que los Alfonsinos de Cánovas negarán el apoyo a los Carlistas. La restauración de la monarquía tendrá lugar en la persona de Alfonso XII () y, como no podía ser menos, será Cánovas del Castillo quien ocupe la jefatura del gobierno hasta 1881, nombrándose al Duque de Mandas senador vitalicio.
En 1876 se aprueba una nueva constitución y se suprimen los fueros Vascos. Tres años más tarde D. Fermín ocupa la cartera de Fomento () y será ahora cuando algunos sectores fueristas criticarán la postura colaboracionista del Duque de Mandas con quienes habían finiquitado el régimen foral, a pesar de que se pronunció en numerosas ocasiones como defensor del mismo aunque, eso si, adaptándolo a las circunstacias del momento. Más tarde () ejercería la vicepresidencia del Senado.
En esta época dos son los partidos políticos que dominan la política española: el conservador de Cánovas y el liberal de Sagasta. Cuando muere Alfonso XII sin dejar descendencia es nombrada Reina Regente María Cristina (), estableciéndose un turno de gobierno entre los dos mencionados partidos. Cuando le tocó ejercer el poder al partido conservador, el Duque de Mandas fue llamado para realizar algún servicio, como los de Embajador en París y en Londres o Gentilhombre de Cámara. También ejerció dos veces la Presidencia del Consejo del Estado.
El Duque de Mandas murió en Madrid el 17 de diciembre de 1917, recibiendo tierra en el cementerio de Polloe en su Donostia natal, ciudad con la que en ningún momento perdió contacto y en la que construyó una “casa de campo” rodeada por un gran jardín a la que bautizó con el nombre de Cristina Enea, en memoria de su mujer, Cristina Brunetti de los Cobos, Duquesa de Mandas y de Villanueva y Condesa de Balalcazar.
Este matrimonio no tuvo descendencia, razón por la que en su testamento el Duque de Mandas instituyó a la provincia de Gipuzkoa, representada en su Diputación, como único y universal heredero, dejando instrucciones precisas sobre la administración de su legado.
Algunas iglesias donostiarras también recibieron generosas donaciones, gracias a las que construyeron, por ejemplo, la torre de la iglesia de San Ignacio (Gros), los ventanales de la de San Vicente (Parte Vieja) y el Gran Organo (10.000 tubos) de la hoy Catedral del Buen Pastor.
A su ciudad, representada por su Ayuntamiento legó, además de una insignia de la orden del Toisón de oro (actualmente en paradero desconocido), dos joyas, si cabe, más preciosas: su biblioteca y Cristina Enea. Este legado fue aceptado por el Ayuntamiento de San Sebastián en sesión de 27 de marzo de 1918.
Los 18.000 volúmenes de su magnífica biblioteca de Madrid fueron legados con la condición de que sirvieran para aumentar los fondos de la biblioteca Municipal y de que se habilitara para ellos una sala especial. Dichos volúmenes se encuentran en la sala del Duque de Mandas ubicada en la Plaza de la Constitución.
*Fuente: El Parque de Cristina-Enea. Juan Antonio Sáez García, 1995